Woody, Kate y las infaltables trampas del destino

Rueda

    El escenario de esta nueva historia del prolífico Woody Allen es en esta ocasión la playa de Coney Island, en Nueva York, durante la década del '50, y el tono es el de un melodrama típico donde los desencuentros y las insatisfacciones por el destino que le toco a cada personaje son el eje de los enredos.

       “La Rueda de la Maravilla”, su película número 47 como director, gira en torno a la historia de Ginny,(Kate Winslet) la frustrada esposa del elemental Humpty (compuesto por Jim Belushi, un alcohólico con pocas ambiciones y con arrebatos violentos) que sufre por no poder escapar a su destino de mesera de un bar dentro del parque de diversiones donde vive, en un pequeño departamento, junto a su marido y a su hijo piromaníaco cuyo mayor placer es prenderle fuego a tachos, canastos y cualquier elemento combustible que encuentre en la calle o por qué no, en una casa (como la de la psiquiatra que lo trata justo por ese motivo).

      Para Ginny, esa forma de vida que ella lleva como una cruz, y que se agrava cuando Carolina (Juno Temple), la joven hija de su esposo se instala en la casa huyendo de un marido mafioso que prometió matarla por delación de sus aprietes y asesinatos, parece tener una pausa al conocer en forma casual a un guardavidas playero (Justin Kimberlake) de quien la seduce su inclinación de poeta e intelectual amante de la tragedia griega que toma la vida como navegando en un sueño, y que parece sumergirla en un remanso afectivo.

      Pero los caprichos y las trampas del destino son moneda corriente en Allen , y aquí no son la excepción. El resto del argumento queda librado al suspenso para el lector. Si bien la recreación de época está muy bien lograda, y el marco musical,(que incluye "Kiss of fire", por Georgia Gibbs, que es nada menos que "El Choclo" de Villoldo como cover en inglés) costumbrista y hasta el vestuario nos sitúan en esos años, en esta ocasión el nivel de conflicto no llega a las profundidades alcanzadas en otras obras de Allen, más allá de los típicos guiños que son patente exclusiva del director de "Annie Hall". En el papel de Mickey, Timberlake oficia de un "alter ego" del director, como el narrador de la historia, aunque no llega a pulsar la cuerda más convincente de este tipo de personajes.

      De todos modos, dentro de un elenco más irrregular que en otras ocasiones, Kate Winslet sobresale por su riqueza de matices al componer a una mujer que puede ser romántica de a ratos, o estallar cuando siente que su castillo de arena se derrumba por obra de ciertas muecas del destino que la privan de soñar con un amor no correspondido. 

      De algún modo, Allen - cuya conocida habilidad para los contrapuntos filosóficos y las ironías solo asoma de a ratos-  construye una intrincada combinación de relaciones humanas teñidas por los malos entendidos, los deseos y la desilusión sentimental, acentuados por las idas y vueltas entre el dolor y la alegría, emociones que parecieran estar sujetas a los caprichos y azares de la rueda de la vida: a veces abajo, donde reinan la tristeza y la soledad, y otras arriba, donde gobiernan las sonrisas y la felicidad.

      “La Rueda de la Maravilla” (un título que alude a la conocida por aquí montaña rusa) ofrece una destacada labor del director de fotografía italiano Vittorio Storaro (responsable de la iluminación de filmes como “Apocalipsis now”, “Dick Tracy” y “El último emperador‘), que eligió la luz natural, el claroscuro y los contraluces marcados para darle un adecuado clima de época a este film que se deja ver aunque no esté a la misma altura de otros recientes "hijos" de Allen, como "Café Society" o "Magia a la luz de la Luna". 

Pablo Quirós

  

01/2017

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