La grandeza wagneriana en la batuta de Daniel Barenboim

    Tristan und Isolde [Tristán e Isolda], música de Richard Wagner, libreto del compositor, basado en el romance de Godofredo de Estrasburgo
Producción invitada de la Staatsoper Unter den Linden
 
     Dirección: Daniel Barenboim; Dirección de escena: Harry Kupfer; Diseño de escenografía: Hans Schavernoch; Diseño de vestuario: Buki Schiff: Dramaturgia: Ralf Waldschmidt; Tristán: Peter Seiffert; Isolda: Anja Kampe; Rey Marke: Kwangchul Youn; Kurvenal: Boaz Daniel; Melot: Gustavo López Manzitti; Brangane: Angela Denoke; Pastor/Marinero: Florian Hoffmann; Timonel: Adam Kutny; Orquesta Staatskapelle de Berlín; Coro Estable del Teatro Colón; Dirección: Miguel Martínez; Teatro Colón, Cuarta función del Gran abono, 18.00; Cantada en alemán con traducción proyectada en español e inglés
 
     Tristán es el héroe en la leyenda, y en esta función lo es sin duda: Daniel Barenboim en su triple papel de ideólogo, realizador y ejecutante, de esta proeza wagneriana de la Staatskapelle en Buenos Aires.
 
      El maestro dispone para la ejecución una disposición poco habitual para la orquesta, con los metales, la percusión y el arpa sobre la derecha y los violoncelos y contrabajos en el sector izquierdo del foso.
 
      La lectura de la partitura fue una cátedra de preciosismo y refinamiento; lo que podríamos llamar: una demostración de amor por lo que se hace. A pesar de estar aquejado de algún tipo de resfrío, u otro problema en la garganta que lo obligó a toser, más de una vez, en una forma muy disimulada, nunca decayó en la meticulosidad de la marcación, verlo dirigir de cerca fue un placer estético, un sumergimiento en el espíritu de la obra, y una lección de histrionismo.
 
    Histrionismo demostrado desde la sujeción de la batuta con la mano derecha, al tiempo que descansaba la izquierda sobre la baranda a su espalda en el momento en que los amante beben el filtro de amor; hasta la enérgica posición de pie, inclinado hacia el escenario, en los instantes de mayor fuerza dramática. Demás está decir que toda la obra fue dirigida prescindiendo de la partitura para orquesta, muestra de que el maestro la conoce como la palma de su mano, y explota hasta el mínimo detalle cromático de ésta, induciendo al oyente en un viaje de ida.
 
     En lo que a duración se refiere, cosa que al menos en Bayreuth está detallada función por función, titulo por título, la presente versión se encuadra, (dentro de la medición que yo pude hacer) como la más larga jamás hecha en el teatro de la verde colina. Igualando a Toscanini en el 1º y 3º acto con 1h 30m y, 1h 20m respectivamente, y superando en el segundo acto en 7 minutos a la del italiano con 1h, 28m. No obstante, como la primera representación de Tristán en Bayreuth fue posterior a la muerte de Wagner, no sabemos cuál habría sido el tiempo exacto que él habría deseado, pero seguramente, esta impecable traducción habría sido del agrado del genio de Leipzig.
 
     La Staatskapelle Berlin es una de las primeras orquestas de Europa, su origen se remonta a 1570, cuando Joachim II, el Elector de Brandeburgo, creó una orquesta para su corte. Dirigida por Richard Strauss, Erich Kleiber, Clemens Krauss, y Herbert von Karajan, entre otros, está en manos de Daniel Barenboim desde 1992. Veintiséis años, lo que no es poco, permitió concretar una consustanciación hartamente visible entre ambos.
 
     Ya en el preludio, el famoso preludio que alberga las cuatro notas que más tinta han hecho correr en la historia de la música: El acorde de Tristán, solo cuatro notas que cambiarían la historia de la música, una nota más grave, fa; una cuarta aumentada, si; una sexta aumentada, re sostenido; y una novena aumentada, sol sostenido; solo cuatro notas, el Romanticismo en su plenitud y el Modernismo por delante, y la Staatskaplle, desplegando toda su magia, su profesionalismo, su sonido particularmente sórdido, haciendo de la indicación langsam und schmachtend (lento y languideciendo) un momento inaudito (al menos para mí), en el foso del Colón.
 
     Oí, por primera vez en mi vida, contrapuntos entre los metales que ignoraba que existiesen, al tiempo que el sonido de los violonchelos llegaba luego de barrer literalmente con sus voces todo el foso de la orquesta, envolviéndola en un aura encantadora e irrepetible. Emocionante hasta las lágrimas, una interpretación que solo es atribuible a la ya mencionada amalgama entre la orquesta y la dirección.
 
     En el final, la ópera se resuelve el acorde enunciado al principio con un prolongado sonido del oboe en re sostenido. O sea que el final, nos anuncia armónicamente como comenzará el preludio. De la misma forma, el Ángel caído de la escenografía nos anuncia desde un principio el final del drama, el destino del héroe y su amante. Girando sobre una plataforma, a tal fin instalada sobre el escenario del Teatro, va dando un ámbito ideal para el desarrollo de la trama.
 
     Con movimientos sobrenaturalmente silenciosos como las alas de un ángel todos los personajes se mueven entorno y sobre él, integrándolo como una pieza más al engranaje del arte. El movimiento escénico prioriza las acciones dramáticas individuales con miradas y ligeros gestos dejando de lado movimientos grandilocuentes de masas. Un sobrio vestuario, y una iluminación cruelmente blanca, solo ligeramente roja sobre el final completan un marco ideal para esta obra.
 
     En cuanto a la parte interpretativa, el Tristán de Peter Seiffert mostró un convincente dominio de la escena, favorecido por un Physique du rolen consonancia con la idea preconcebida del mítico guerrero; dueño de una dicción encomiable, debió superar lo que aparentemente era un resfrío -típico de los visitantes expuestos a nuestro imprevisible clima- logrando suplir con la actuación los inconvenientes acaecidos sobre el principio del tercer acto con su voz, que antes y después de este hecho se manifestó grande y heroica propia de un excelente Heldentenor.
 
    Por su parte la Isolda de Anja Kampe, al igual que Tristán, con una encomiable dicción, fue sin lugar a duda la estrella de la noche, la soprano lírico dramática alemana, abordó con solvencia toda la partitura, manifestando un lirismo maravilloso durante el dúo del segundo acto y llegando al clímax en un extremadamente loable Liebestod, punto álgido como ningún otro en la carrera de una intérprete de su registro. Brangane personificada por Angela Denoke fue otra de las piezas descollantes de esta paradigmática noche, dueña de una tesitura ideal para el papel, supo ser la fiel amiga de Isolda, complementándose perfectamente en los dúos y, abordando con solvencia los solos.
 
     El bajo coreano Kwangchul Youn fue un conmovedor y loable Rey Marke dueño de una gentil prestancia, profundidad en la voz, y claridad en la dicción, fue otro pilar en la representación. No menos notorias fueron las voces de Boaz Daniel y el único argentino de los cantantes Gustavo López Manzitti como Kurvenal y Melot respectivamente, ambos prestigiaron el espectáculo con su trabajo.
 
     Unos segundos de silencio al final de la obra, señal evidente de la conmoción que ésta había causado en el público, precedieron una calurosa ovación de pie, como hace años no se veía. Finalmente todos los cantantes junto a la orquesta y el maestro vieron desde el escenario a una audiencia ávida por su pronta vuelta.

Víctor Fernández (c)
www.avantialui.org 2018( gentileza)

7/2018